El mapa es un artefacto político

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¿Penn-Ar-Bed (bretón) o Finistère (francés)? ¿Principio del mundo o fin del mundo? La toponimia (como la historia) siempre la escriben los conquistadores.

Será porque en estos días me encuentro ni más ni menos que en el fin del mundo, que a este primer geographiando en Otramérica le ha salido un titular tan filosófico.  Y de los varios ‘Fines del Mundo’ que podemos encontrar en el Planeta, les escribo concretamente desde el Finistère, topónimo francés derivado del latín Finis Terrae.

Para los romanos éste (o el Fisterra gallego) era el final de la tierra y de ahí su nombre actual. Para la mentalidad imperial romana era el final de las tierras controladas o conocidas y por eso era indiscutiblemente el fin del mundo, más allá sólo podían habitar monstruos y bárbaros. Curiosamente, lo que para los invasores y conquistadores romanos era el final, o la cola de su imperio, para los invadidos bretones era (y continua siendo actualmente) todo lo contrario, el lugar donde comienza el mundo, el Penn-Ar-Bed o cabeza del mundo.

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                                                                          Penn-Ar-Bed

Y es que el nombre de los lugares no es un asunto cualquiera. La denominación de un lugar puede llegar a adquirir una connotación cultural, ideológica, religiosa o política muy profunda. La toponimia puede convertirse en campo de batalla en las guerras lingüísticas o lucha cotidiana en la relación forzosa entre colonizadores y colonizados.

Con los mapas sucede lo mismo. Se pueden desatar auténticas guerras cartográficas en las que los topónimos son el primer arma arrojadiza que antecede a los verdaderos protagonistas, los límites que marcan las soberanías. El arte cartográfico ha estado siempre íntimamente ligado con el aparato ideológico del Estado, sin duda debido a su gran poder simbólico.

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                                                                    Simbólico ¿cierto?

Un ejemplo paradigmático y muy actual de esto lo podemos encontrar en el mapa oficial de la República Argentina. Si hay algo que cristaliza la expresión de soberanía nacional argentina es el mapa bicontental. Es más, el Estado argentino tiene leyes relativas a cómo se debe representar el territorio argentino (ver por ejemplo Atlas No Avalado (IGN)). Esto significa que un mapa que controvierta al oficial se convierte en ilegal en Argentina ya que puede ser «lesivo a la Soberanía Nacional y en clara violación a la Ley de la Carta (Ley Nº 22.963)»(IGN).

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                                              Mapa oficial de la República Argentina

Pero en el mapa oficial se incluyen territorios sobre los que el Estado argentino no tiene actualmente ningún control soberano, unos por estar actualmente regulados bajo el Tratado Antártico y otros por estar ocupados militarmente por el Reino Unido. No obstante esto, en el mapa argentino no se recurre a ninguna de esas fórmulas de compromiso, tipo ‘territorio reclamado o en disputaque se suelen utilizar en situaciones de conflicto territorial,sencillamente, se declara que las islas Malvinas, y otras islas meridionales, junto a una porción antártica son argentinas. Por supuesto, aquí no estoy debatiendo ni cuestionando la soberanía territorial de la Argentina. Tan sólo me pregunto sobre el significado de su mapa oficial en particular y sobre los mapas en general.

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  Mapa oficial de la República Argentina

Y es que llegados a este punto, ¿cómo podemos no hacernos preguntas?

¿Por qué poner en el mapa que este sector de la Antártida es de soberanía argentina si hay un tratado internacional que tiene «congeladas» las soberanías sobre tierras antárticas? ¿Será que esta imagen convencional, o sea el mapa, servirá de algo en el momento en que algunos Estados decidan repartirse el helado continente y sus golosos yacimientos mineros?

Tal vez podamos avanzar algunas respuestas, pero por el momento, lo que queremos es poner las preguntas. ¿Qué representan los mapas? ¿Qué tan reales son? ¿Mienten los mapas? ¿Al servicio de quién o qué están?  En las próximas entradas seguiremos tratando estas cuestiones y, aunque no sea estrictamente necesario leer a Brian Harley para poderlo hacer, ¡es altamente recomendable!

Guerras cartográficas

En el mundo, existen casi tantas guerras cartográficas como áreas en disputa o conflictos territoriales no solucionados (o arreglados de manera insatisfactoria para alguna de las partes contendientes).  Por ejemplo, basta con contemplar la cartografía de Cachemira, desde los diferentes puntos de vista indio, paquistaní o chino, para apreciar la variedad de formas con la que se puede visibilizar oficialmente la postura política de un Estado frente a un conflicto territorial (sea éste armado y activo, latente o larvado).

Un sencillo mapa, aparecido en un artículo periodístico o en un noticiero televisado, que comete el ‘pecado’ de no respetar la ortodoxia cartográfica oficial de algún Estado, suele acabar provocando numerosos exabruptos y desaforados gritos patrióticos; algunas veces va más allá, provocando contundentes quejas diplomáticas; y en el peor de los casos puede finalizar con el perverso ruido de sables.

Las Américas no son ajenas a estas guerras de mapas. Por poner algunos de los ejemplos más conocidos, se pueden mencionar los casos de Ecuador-Perú, Bolivia-Chile-Perú, Argentina-Reino Unido o Venezuela-Guyana.

Fidel                                                                                                                                                                                El mapa es una artefacto político 1→

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